
Federico Lavagna
Emprendedor, Cofundador de El Viajero Hostels y Sinergia Cowork
Escritor de “Cómo jubularte a los 40 divirtiendote mucho en el intento”
@federicolavagna
www.comojubilartealos40.com
Cuando me preguntan por qué decidí emprender, cuento que mi principal motivador siempre fue la LIBERTAD. No me gustan las reglas ni las obligaciones que vienen dadas sin motivo o sin tener claro el objeto de estas.

Básicamente, me horrorizaba la idea de no poder decidir por mí mismo qué puedo hacer hoy, mañana o en un año. El simple hecho de pensar que solo iba a tener veinte días al año para vacacionar o viajar, que todos los días me iba a levantar a la misma hora, tuviera ganas o no, que iba a recibir órdenes de personas a las que tal vez no respetara o que mis ingresos iban a ser siempre los mismos sin importar mi capacidad y esfuerzo, todo esto ¡me aterraba!
Considero que, en el fondo, al 100 % de las personas les gustaría no tener esas obligaciones —aunque pocos se lo planteen seriamente como posibilidad—, pero para lograr esto de verdad es preciso sacrificar mucho. El premio es grande, aunque el sacrificio y la renuncia también.
La vida del independiente (ya sea profesional, comerciante o empresario) tiene muchísimas ventajas, sobre todo luego de pasado un buen tiempo y si tuviste la suerte y la capacidad de ser exitoso en tu proyecto (noten que hablo primero de suerte y segundo de capacidad). No obstante, tiene también muchas desventajas.
Elegir el camino de la independencia es una decisión que depende en gran medida de lo que «traemos de fábrica», o sea, de la personalidad de cada uno, que pueda llamarnos a seguir determinado camino, pues considero que la clave para ser feliz es ser coherente entre tu forma de ser y tu elección de estilo de vida.
Por ejemplo, si te encantan la naturaleza, el campo y la tranquilidad, pero tenés un trabajo en el centro de una gran ciudad, rodeado de muchos compañeros de trabajo, ruido y smog, claramente no estás viviendo un estilo de vida acorde a tu personalidad y deberías hacer algo al respecto. Hoy en día, cada vez más gente joven se está yendo de las grandes urbes hacia la periferia o hacia localidades menores con proximidad a la naturaleza, en busca de ser coherentes con lo que les agrada y con cómo prefieren vivir hoy y/o dónde criar a sus hijos, sin esperar a «jubilarse» para lograrlo.
Lo mismo si te mueve el «bichito» emprendedor, no parece razonable que vayas contra tu naturaleza (aunque la mayoría de las personas lo hagan), pues te espera una vida de frustraciones, ya que no hay nada más deprimente que desear algo y no tenerlo por no animarse. Todos tendremos frustraciones, es parte del aprendizaje que la vida nos da, pero es muy distinto intentarlo una y mil veces y que no se dé, a solo intentarlo una vez o nunca. La frustración real se da cuando no lo intentás.
¿Cuáles son las ventajas de ser tu propio jefe? Todas las que te podrías imaginar si pensaras por un momento en cómo sería tu trabajo si no tuvieras que recibir órdenes de nadie y contaras con pleno libre albedrío. Podrías ir al trabajo a la hora que quisieras o, mejor aún, trabajar desde tu casa en los momentos que sientas ganas.
Podrías mirar partidos de fútbol o una serie de Netflix en plena tarde, hacer ejercicio en la mitad del día o a media mañana, desayunar por dos horas tranquilo frente al computador escuchando tu programa de radio favorito, viajar cuando quieras a donde quieras por el tiempo que quieras, jugar un partido de tenis a las dos de la tarde, dormir la siesta, irte toda la semana para afuera, que los fines de semana y los días de semana no tengan diferencia. De hecho, te describí cómo son mis jornadas hoy en día.
Estas libertades de horarios, a mi entender, mejoran mucho la calidad de vida, pues cambiar la percepción de que el trabajo es entre tales horas o días y la vida familiar o social entre tales otras permite la libre discrecionalidad para acomodarlas como lo sientas en cada momento, sin que venga dado (insisto que para los amantes de la libertad esto tiene un valor único).
Pero, además, el ser tu propio jefe trae consigo enormes satisfacciones personales si te va bien, así como increíbles desilusiones si te va mal. A diferencia de un empleo rentado, trabajar para ti transfiere a tu negocio las consecuencias diarias de tu desempeño, que podrás disfrutar (o padecer) cada día. Por norma, en un empleo, si hacemos las cosas bien, nos sentiremos satisfechos con nosotros mismos y
recibiremos (a veces) la felicitación de nuestro jefe e incluso, muy esporádicamente, alguna retribución económica extra por dichos logros. Cuando trabajamos para nosotros mismos, nadie te felicita si lo hacés bien, pero la satisfacción interna es muy superior a la anteriormente descripta y la retribución económica extra la vemos cada día.
Para poner un paralelismo, es como ayudar a un amigo a arreglar su casa o arreglar la nuestra. En el primer caso, luego de hacerlo, nos sentimos bien con nosotros mismos, recibimos el agradecimiento de nuestro amigo, pero será él quien todos los días disfrutará de dichas mejoras. En el caso de hacerlo en nuestra casa, seremos nosotros los que cada día disfrutaremos de estas, además de sentirnos bien por el trabajo bien realizado. La pregunta es: ¿querés mejorar la casa de otro o la tuya propia?
Esa es la parte linda del cuento, que por lo general llega luego de varios años de duro esfuerzo. La parte dura, o la “pesadilla”, es que al no tener horarios, tu jornada laboral no termina a las seis de la tarde ni los fines de semana. También puede que todos los días se presenten iguales en el sentido de que tengas que trabajar un domingo igual que un martes o incluso más duro aún. Que tengas que trabajar los días en que todos descansan o celebran, que dejes de hacer deporte por unos meses porque nunca hay un momento libre, que no duermas más de cinco horas por día, que no sepas qué programas de radio o TV existen y no tengas idea de las series de las que todos tus amigos hablan. Que te pierdas ese viaje planificado con amigos porque surgió una complicación en tu empresa de último momento o que tu pareja te deje porque no le prestás suficiente atención. También esta podría perfectamente ser otra descripción de mi vida durante muchos años como emprendedor.
De la misma manera que es muy satisfactorio cuando las cosas salen bien, es muy frustrante y deprimente cuando se da lo contrario. Cuando el negocio no funciona como esperabas, cuando los clientes no llegan, cuando el producto sale mal, cuando perdemos dinero y en el proyecto se van todos nuestros ahorros, son situaciones muy difíciles de afrontar y hay que tener una personalidad fuerte para saber caerte, llorar lo perdido y volver a empezar.
¿Cuántos de los que se quejan y despotrican porque no tienen el pasar económico de otros o la libertad de timonear de verdad sus días realmente estarían dispuestos a todo ese sacrificio para lograrlo? Como dije, hay que tener el carácter para soportar tanta frustración, incertidumbre y estrés. Muchas veces eso se trae de fábrica, se nace con ese carácter, pero también creo que es algo que con educación y motivación se puede forjar.

Claro está, no siempre hay que ver a la frustración, la incertidumbre o el estrés como algo negativo. Yo los veo como estímulos que, administrados en la justa medida, son muy positivos para formar el carácter y determinan la felicidad futura. Las experiencias fuertes y extremas te moldean para toda la vida, pero no necesariamente solo de forma nociva.
Todo lo que vivimos nos nutre y nos forja. El estrés empresarial en su justa medida, desde mi punto de vista, es muy positivo para definir nuestro carácter. Pocas personas pueden trabajar bajo presión, y es una característica muy útil en muchos órdenes de la vida, ya que siempre el destino nos deparará situaciones límites y, cuanto más preparado estés, mejor la podrás sobrellevar. Vivir una vida con sentido implica haber tenido muchas experiencias y superado muchas situaciones límites.
Superar frustraciones, convivir mucho tiempo con incertidumbres y estrés, hacen que cuando logres los resultados por los que tanto te esforzaste te quede una sensación de plenitud ante la tarea cumplida que no tiene precio. Esa satisfacción por el éxito personal logrado con esfuerzo y tesón, créanme, es inigualable.